Por qué se celebra el día del galgo?

Por Isabel de Estrada

1° de febrero, se celebra el Día del Galgo. Es la fecha en que cierra la temporada de caza en España y miles de galgos son abandonados, ahorcados o eliminados de la peor manera. Hace aproximadamente quince años, se empezó a generar un movimiento en ese país con el objetivo de denunciar y rescatar a estos animales. Para no olvidar jamás el flagelo que sufren es que se conmemora este día. Mientras tanto aquí, en la Argentina, paralelamente descubríamos el velo que ocultaba las carreras clandestinas de galgos y sus nefastas consecuencias.

Pocos libros han tenido tanta influencia en mi vida como Los galgos, los galgos, de Sara Gallardo. Durante mucho tiempo, Chispa y Corsario, la pareja de perros de Julián, el protagonista, encarnaron para mí toda la nobleza del mundo. Años más tarde, durante mis recorridos diarios entre Buenos Aires y Luján, adonde vivía, llamaba mi atención ver en los costados de la ruta grupos de hombre rodeados de galgos, caminando a buen ritmo. Por lo general, sucedía a las mismas horas.
Una vez a la semana, conmovida por la cantidad de perros abandonados que veía, colaboraba en la protectora de animales de un prolijo pueblo de la provincia de Buenos Aires. Allí también llegaban muchos ejemplares de esta raza olvidada para muchos. Estaban sarnosos, quebrados, con sus colas partidas en mil pedazos. Empecé a preguntarme el porqué. Una tarde de verano, al borde de un camino, reconocí en un montón de huesos la inconfundible silueta de un galgo. Detuve el auto, abrí la puerta y, ante mi asombro, ese despojo se entregó casi sin mirarme. Al poco tiempo me encontré repitiendo las mismas palabras de admiración y cariño de Julián a Chispa -“linda”, “loca”, “Nefertitis”- a mi galga.

¿Por qué no se cruzaban en mi camino razas igualmente valiosas? Poco a poco, y a fuerza de preguntar, llegué a las carreras de galgos. Y empecé a entender. Cada fin de semana, alrededor de Buenos Aires y en todo el interior cientos de personas se desplazaban en camionetas cargadas con jaulas, en las que eran trasladados los galgos. Rodeada de mis muchos rescatados, me paseaba entre la multitud. En medio de la polvareda, se confundía el humo de las parrillas y los altoparlantes anunciaban las carreras. A la orden de movilizarse hacia la largada, se apoderaba un gran nerviosismo de dueños, perros y espectadores. ¿Con que era eso? ¿Era posible que nadie prestara atención a ese mundo que tenía lugar todos los fines de semana en la mayoría de los pueblos de mi país y del que participaban policías, intendentes, escuelas, clubes, hospitales? Allí estaban todas las autoridades y, sin embargo, eran clandestinas. Las carreras estaban prohibidas en toda la provincia de Buenos Aires y en el resto del país no estaban reguladas, pero quedaban enmarcadas dentro de la Ley de Maltrato Animal.

Existía alrededor de este negocio un gran abuso de medicamentos y anabólicos que destrozaban a los perros en poco tiempo. Se hacían apuestas y los premios eran tan valiosos como autos o motos. ¿Así que esa era la razón por la cual esos seres dóciles e indefensos deambularan destrozados por las rutas? ¿Acaso era yo la única que lo veía? En las veterinarias de las zonas por donde tenían lugar las carreras se repartían pasquines con las fechas, los horarios y los corredores. Era una clara forma de juego más, instalada en el conurbano bonaerense y en el resto del país. Los lunes recorríamos los alrededores de las pistas en las que tenían lugar las competencias y los basurales más cercanos. Allí quedaban los animales quebrados y muertos, y volvíamos con ellos…

Me propuse hacerlo visible y rescatar tantos animales como pudiera, y para eso creé una fundación, la Fundación Zorba. Las carreras eran otra forma de violencia social. Sabía que era imposible no enamorarse de esas sensibles criaturas. A pesar de su tamaño, la convivencia con ellos en la ciudad sería muy fácil. Los galgos descansan durante horas para luego descargar su energía en poco tiempo. Son delicados, mansos, silenciosos. Con cada adopción, la gente empezaba a conocerlos. Con los años fueron surgiendo otras asociaciones que trabajaron, y trabajan todavía, incansablemente. Y gente y más gente que se conmovía ante lo que veía. Hasta que ya fue imparable. Y en 2016 llegó esa inolvidable noche de vigilia, con galgos, galgueros, estruendos, lágrimas, abrazos y emoción, en la que se sancionó la ley 27.330, que prohíbe las carreras de perros en todo el país, con penas de cuatro años de prisión y severas multas.

Hoy, Buenos Aires se transformó en una verdadera ciudad “galguera” y existe una larga cadena de contención genuina, civil y comprometida, alrededor de este problema. Cómo no emocionarnos y agradecer a cada uno de los que se conmovieron con cada historia de maltrato y horror, y decidieron hacer algo para terminar con ello, creando una infinita cadena de amor y demostrando que se puede cuando todos vemos la injusticia.

 

Quedan todavía otros mundos clandestinos adonde los animales, sin voz, son utilizados para lucrar y son víctimas de un maltrato imposible de imaginar. Las riñas de gallos, las peleas de perros, las cuadreras, el oscuro mundo de los frigoríficos de equinos y tanto más, moneda corriente en la Argentina, son la representación de una sociedad degradada, en la que el delito, sea cual sea, no se persigue. “La grandeza y el progreso moral de una nación puede medirse por la forma en que trata a sus animales. El respeto por su bienestar es una muestra de los valores que guardamos como sociedad y de la manera en la que las personas se tratan”, decía Gandhi. Pero pudimos cambiar la realidad de los galgos, gracias a quienes se comprometieron, denunciaron, transitaron, colaboraron, difundieron y adoptaron a estos mágicos y dulces seres. ¿Podremos con las demás?

FUENTE: LANACION.COM